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Editorial | Los padres en el karting: ¿una suerte o una ruina para los kartistas?

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Los padres en el karting ¿Una suerte o una ruina para los kartistas?

En el karting hay varias figuras: los kartistas, claro está, y los mecánicos, naturalmente. Después están los gerentes de los equipos, los patrocinadores, los directores de carrera... Y luego... Luego están los padres de los kartistas. Que pueden ser la salvación de nuestro deporte, o acabar con él. Y con quien lo practica


En Italia tenemos un refrán: “donne e motori, gioie e dolori” (mujeres y motores, alegrías y dolores). Una frase, con rima, que explica muy bien cómo las que pueden llegar a ser dos grandes pasiones para los hombres, proporcionándoles increíbles emociones positivas, pueden ser también, al mismo tiempo, verdaderamente dolorosas. No echamos mano de esta frase, que hoy tacharíamos de sexista, para entablar un debate sobre la igualdad entre hombres y mujeres, sino para acuñar otra nueva que, referida al mundo del karting, funciona perfectamente: "padres y motores, alegrías y dolores”.

Así es, porque la relación entre el karting y los padres de los pilotos que lo practican existe desde que este deporte nació. Ambas cosas van inevitablemente de la mano. Porque el karting, el 99 % de las veces, empiezas a practicarlo cuando eres niño o como mucho adolescente. Y ahí, o tienes a tu padre contigo –los padres suelen compartir este deporte más que las madres–, que te lleva a que lo pruebes por primera vez, que te compra el primer kart, que paga los desplazamientos, las carreras, los repuestos... O está él o el karting no lo practicas. A ver, es así más o menos en todos los deportes: cuando todavía no eres independiente económicamente y no tienes el carné para moverte libremente, ya sea que juegues al fútbol, al baloncesto, al hockey o vayas de pesca, alguien tiene que ayudarte sí o sí.

Pero, mientras que en el 90 % de los deportes la ayuda que un padre ofrece a su hijo o hija se queda en la compra del equipamiento necesario para practicarlos y luego, como mucho, hacer de chófer para llevarte a los entrenamientos y las competiciones, en el karting no. En el karting, si un padre decide sostener la afición de su hijo, con hacer de chófer no llega. Hay que hacer de patrocinador, sin parar de ponerle más o menos dinero (para neumáticos, aceite, gasolina, repuestos...) a la distintas sesiones en el circuito. Y además hay que hacer de mecánicos, o bien echar mano al bolsillo otra vez y pagar uno. Y transformarse en mánager, para escoger el chasis y el motor apropiados, así como la categoría en la que competir. Un conjunto de actividades, cargos, compromisos que ya de por sí los convierte en verdaderos “santos”, más que en simples padres del año. Y es que el karting luego es algo alucinante: se convierte en la excusa para pasar un montón de tiempo juntos, haciendo que padre e hijo se vuelvan cómplices, amigos, aliados. Con el plus de que el kartista se concentra en algo verdaderamente sano justo en esos años, los de la adolescencia, a lo mejor, en los que las ganas naturales de descubrir el mundo a menudo te llevan a descubrir la cara menos bonita del planeta y de la naturaleza humana.
Pero llega un momento, un punto, en todo esto, en el que esos “santos” se transforman en “demonios”. Por varias razones (que pueden explicar ese cambio de ser “agua bendita” a “diablo” en el sistema karting, aunque no lo justifican), el papel del padre, en un momento dado, puede cambiar radicalmente. Veamos juntos cuáles son las principales.

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